Es complicado a estas alturas no cumplir años sin acordarse de los que se fueron; y no necesariamente con pena, aunque si con nostalgia y mucho amor; no sé tú, pero en mi caso siempre miro atrás, reviso objetivos, metas y me acuerdo de las personas importantes que están o han estado en mi vida de una u otra forma, removiendo sentimientos y emociones. 

Como es un ámbito demasiado íntimo, no escribiré sobre esas personas, ellas lo saben (estén o no ya en esta dimensión); pero ahora que he pasado el meridiano de mí existencia -de momento, ni deseo ni espero vivir más tiempo del que ya he vivido-  veo que es un buen momento para retomar tareas atrasadas, objetivos y metas; desde una perspectiva menos emocional pero sin perder los sentimientos jamás. 

Muy atrás quedó aquel chaval idealista, algo cobarde, tímido y reflexivo; más encarrilado en las teorías de los libros que en la utopía de convicciones propias, viajando en un tren con máquina de carbón y vagones de madera desde donde divisaba el paisaje y criticaba o alababa acciones, pero poco más. 

A ninguna parte

La lucha muchas  veces puede ser por las libertades (propias o sociales), por el dinero y propiedades, o sentimentales y emocionales; pero la lucha siempre va marcada por la pasión, la lucha auténtica siempre tiene una marca inconfundible, una etiqueta: la pasión. ¿Qué ocurre cuando acaba la lucha? no lo sé, supongo que acaba la vida. 

La ataraxia no es el alienamiento, no es entrar en un coma inducido por nuestros estados de ánimo; es vivir la vida desde la conciencia, pero sin frialdad; desde el temperamento propio, sin una carga emocional que nuble la perspectiva; es el deseo de tranquilidad (contradictorio en si mismo… desear la ataraxia) pero quizás sea el estado ideal; esa posición mental (cerebro + corazón) que te permite mantener la distancia suficiente con todo lo que te rodea, pero permaneciendo. 

Quizás sea como un viejo teléfono negro de disco asentado sobre un corazón dorado, una llamada en la distancia dónde están las emociones, pero los sentimientos quedan escondidos en cada número de la rueda y dónde si se marca la combinación adecuada se abre la caja de Pandora y quedan sueltas no los males pero si todas las emociones y en ese instante, en esa tormenta hay que luchar para que Elpis permanezca, porque si escapa todo se perdió, y que mejor forma de hacerlo que marcar los números como un tahur marcaría sus cartas, para siempre tener presente esa combinación perfecta que te recuerda quién y porqué: 826, 736,  326… no sé, números que al marcarlos hacen girar la rueda del corazón. 

Así es la paz emocional, saber quién y que eres; a quien amas; que deseas; que necesitas; pero con una perspectiva realista, como se suele decir: con el corazón en el cielo y los pies en la tierra. La búsqueda del control emocional que los estoicos promulgaban dentro de su escuela filosófica, donde todo giraba alrededor de apaciguar pasiones superfluas que perturban la vida para alcanzar la felicidad a través de la razón (raciocinio) no se debe confundir con el agua estancada de un charco, sino con el fluir tranquilo de un arroyo; movimiento, frescura, seguir un camino que siempre acabará en la desconocida grandeza de un mar del que no se vuelve; pero seguirlo con pausa, sintiendo el roce de cada roca, de cada raíz del árbol que busca la vida, observando como la luz se filtra por el bosque y se refleja en nosotros mismos, en cada gota de nuestra existencia. Lógica (aprendizaje, retórica y dialéctica); física (la ciencia de lo que somos y lo que nos rodea) y ética (la conducta); es decir, el conocimiento del universo al que pertenecemos, no como eje, sino como un astro más interrelacionado con el resto. 

Un año más de experiencia, de vivencias, de lágrimas y risas, de ausencias y de presencias y de desarrollo personal; llegó el instante, el momento de fluir como ese arroyo: ataraxia.